Gente dulce

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pan dulce

Estas vacaciones han sido una maravilla para mí, he aprendido nuevas cosas y he estado tiempo en casa con mi familia. No pretendo aburrirlos en este post sobre mi vida familiar y los problemas con mi madre, como cuando me regaña por dejar toda la ropa tirada en mi cuarto o por llegar tarde, casi sin sentido (por lo borracha que a veces puedo llegar a casa, más cuando me siento triste). En fin, lo que les quiero contar hoy es más que nada una observación de algo que pude notar mientras caminaba por la calle de mi casa rumbo al café más cercano (donde por cierto, hornean un pan dulce exquisito, luego les paso la dirección exacta porque es algo que tienen que probar). Noté que fuera de los albures y piropos que recibo de parte de los trabajadores de obras en la calle, en realidad la mayoría son buenas personas.

¿Cómo lo noté? Bueno, les cuento: Caminaba algo a prisa porque una de mis mejores amigas me esperaba para echar el acostumbrado café matutino junto con una plática que prometía mucho (se trataba del nuevo novio de una de las chicas) pero la dificultad vino cuando me di cuenta de que se me hizo algo tarde, mi amiga llevaba casi media hora esperándome y yo corrí. Al pasar por la obra que se encuentra cerca escuché los típicos silbidos y piropos a los que ya estoy acostumbrada, cuando unos pasos adelante, sentí que alguien me tocaba el hombro, obviamente pensé “estos muchachos ya se están pasando” y volteé decidida para dirigirle un buen golpe a mi atrevido acosador en overol. Lo mejor fue cuando me percaté de que no estaba detrás mío para inspeccionar mi figura ni para decirme alguna de las acostumbradas majaderías, más bien extendió un billete de $200 pesos. El hombre en atuendo de, aparentemente, Garufa Jeans me explicó que mientras yo caminaba a paso apresurado dejé caer de mi bolsillo el dinero y que corrió detrás mío para devolverlo.

Llegué a mi cita sin tanto retraso y luego del café y la buena platica con mi amiga, decidí llevarle una dona de Krispy Kreme a mi nuevo amigo de la obra, la cual aceptó con gusto.

Fue una experiencia quizá común pero que me hizo sentir bien conmigo misma y con la humanidad, ya que vi que detrás de los gritos acosadores habituales de aquellos chicos (incluso señores algunos de ellos) se encuentra gente buena que probablemente no haría nada para lastimarte.

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